Por qué tanto descrédito hacia la política

Roberto Bravo Galleguillos

 

Entre otras cosas, porque creen que con puntuar en las encuestas y una efectiva campaña de marketing o candidateando al paladín del republicanismo y garante del modelo neoliberal, convencerán de sus bondades y compromisos de representatividad. Si pensó en Piñera y Lagos, es porque la incapacidad de uno para dar continuidad a su gobierno y del otro por hacerse nuevamente del poder, tiene que ver con que adolecen de atributos esenciales como escasos: coherencia discursiva y disciplina orgánica.
La política concebida como instrumento colectivo para alcanzar el desarrollo y bienestar de un pueblo, es lo que está venido a menos. Se ha disociado, interesadamente según los tiempos y ciclos electorales, el discurso de la práctica. Contar con recursos y buenos publicistas, es garantía de éxito político; preocuparse por representar genuinamente los intereses e inquietudes del ciudadano, ha sido el problema. El extremo, obviar a los políticos y buscar gestores en las empresas, como nombrar parientes en importantes cargos públicos. Se corre el riesgo de tener que ver a los colaboradores dando explicaciones en los tribunales o enarbolar teorías respecto de jarrones perdidos.
Dejando de lado inauguraciones, celebraciones impuestas en el calendario y campañas políticas, ¿cuándo un político y/o autoridad se ha acercado a la gente -junta de vecinos, comité poblacional u organización cultural y/o deportiva-, para conocer de primera fuente sus problemas y requerimientos?; ¿cuándo se ha consultado a los vecinos por las propuestas de cómo mejorar su calidad de vida?; ¿cuándo una decisión de gestión ha contado con la participación activa de los vecinos, en cuanto a priorizar y decidir qué o cuál medida se ajusta mejor sus expectativas?. Cuándo las respuestas a estas preguntas sean el correlato de la práctica política, su validación será irrefutable.
El esfuerzo de los partidos por reempadronar y captar militantes ha sido, a la fecha, estéril; se les exige 18.000 militantes, equivalente al 0,01 de la población y al parecer, no llegan. Una de las razones: políticos surgidos, en su mayoría, desde la designación en un cargo, de ahí a elegirse Concejal y/o Alcalde, Consejero Regional, para seguir por el premio mayor, Diputado o Senador. Cuándo esa trayectoria, por distintas razones se ve amagada o trunca, renuncian al partido y zas, las emprenden de independientes, de lobos esteparios, sin estepa, de aspirantes a caudillo. Identificar todos los casos, locales y regionales, daría para una retahíla, devenida en masivo cortejo fúnebre.
Disociar política y dinero, es un desafío tan relevante, como vincularla a la ciudadanía, que esté al servicio de cambiar la realidad o al menos de intentarlo. Es posible que reconociendo e implicando exigencias y expectativas de los ciudadanos, podamos construir un sistema que efectivamente esté al servicio del desarrollo. Sin política, ya sabemos que acontece; considerarla sólo moneda de cambio, es muy poco.
Mientras siga la política al servicio de sus captores, no saldremos de este marasmo mediocre. El descrédito, seguirá siendo la característica y el fracaso, su costo social.

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