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>> COLUMNISTA: Abraham Santibañez
Fecha de Publicación:
2010-03-09

EL GRAN DESAFÍO DEL TERREMOTO

Para empezar, una concesión al lugar común más repetido en estos días: “El terremoto ha puesto en evidencia lo mejor y lo peor de Chile”. Agreguemos algo obvio: también el periodismo mostró sus fortalezas y debilidades en la emergencia.
Los reporteros salieron a terreno literalmente con lo puesto, según reconoció Carolina Urrejola quien, en la madrugada del 27 de febrero, no encontró sus zapatos y se fue a TVN con las zapatillas de levantarse. Se distribuyeron por la zona amagada por el terremoto y, muchas veces llegaron a sus objetivos antes que las propias autoridades del gobierno central. Establecieron contacto con sus medios y fueron dibujando para todo Chile el desolador panorama de la catástrofe “en vivo y en directo”.
Esta es la parte más positiva del balance y ninguna crítica puede aminorar su mérito. En la zona del terremoto, medios que habían sufrido grandes pérdidas (el caso más emblemático es el histórico diario La Prensa de Curicó) salieron a la calle en plazos muy breves. Sin reparar en sacrificios, muchas veces con la angustia de haber perdido parte de su patrimonio y sin noticias de sus familias, los periodistas contaron a Chile lo que realmente había ocurrido. Es lo que recordaba hace medio siglo el maestro Luis Hernández Párker después de los terremotos de Concepción y Valdivia de mayo de 1960: “El periodismo de mi patria dio examen de madurez en el sur”. Nadie lo acusó entonces de sensacionalismo, pese a rebatir más de una vez las cifras oficiales, entregadas con inevitable timidez. Nadie lo acusó de excesivo personalismo, pese a haberse instalado en Valdivia esperando que se abriera el “taco” de barro del Riñihue que podía barrer con la ciudad.
Es que el periodismo, tensionado entre el respeto a la vida privada y la necesidad de informar, siempre, será motivo de controversia. La perfección de las tecnologías –especialmente la TV- puede contribuir a sembrar pánico e incluso fomentar los saqueos como se temió esta vez en Concepción, con ecos hasta en Santiago. Pero ¿se habría logrado la meta de la campaña solidaria encabezada por Mario Kreutzberger sin el testimonio a veces cruel del desastre?.
Es cierto, y esto entra en la parte negativa que se debe analizar, que los menores expuestos a imágenes sin editar pueden sufrir efectos traumáticos a causa de ellas. Pero también es cierto que por años sus padres no se han preocupado de lo que ven día a día, ficción o no. ¿Por qué ahora deberíamos cargar la mano a la televisión y a las descripciones radiales?.
Personalmente me sigue preocupando la responsabilidad de los editores. El reportero en terreno cumple con su deber al contar lo que ve, sin censura, aunque siempre debe respetar la dignidad de las personas y, por supuesto, nunca debe inventar ni acoger versiones no confirmadas. Quien debe “editar” (que no es lo mismo que censurar) es quien está en las oficinas del medio y debe velar por el respeto de la línea editorial y el cumplimiento de los códigos éticos. El Consejo de Ética de los Medios ha hecho, en casi 20 años de existencia, numerosas advertencias, especialmente respecto de las imágenes de archivo que no pueden mostrarse sin advertencia al respecto… incluso si son de unos minutos o días antes. El Código de Ética del Colegio de Periodistas señala que “el material gráfico, en periodismo digital, impreso o audiovisual, deberá señalar claramente cuando se trata de imágenes de archivo”.
En el fárrago de material de los últimos días, muchas veces era imposible separar las escenas de las “réplicas” ya vistas de las nuevas o si las olas del maremoto eran las mismas ya mostradas anteriormente. Es probable que los errores en el conteo de víctimas tengan esta misma causa. (Si a la hora de dar los resultados de las elecciones se hubiesen sumados los conteos parciales con los totales, tendríamos miles de votantes contados dos o más veces).
En suma, hay por lo menos faltas de prolijidad que deben tomarse en cuenta para el futuro, lo mismo que el poco cuidado ante el trabajo en situaciones de gran tensión, que afectan especialmente a los propios reporteros in situ. Y, tal vez, es posible encontrar otras falencias.
Nada de ello sin embargo, debería oscurecer el hecho que los periodistas, como en 1939, cuando Heliodoro Torrente y un equipo de Ercilla llegó por tierra a Chillán, o en 1960, cuando Hernández Párker corrió el riesgo de quedarse en Valdivia, han cumplido lo esencial de su misión.
El debate está abierto y, para contribuir a ello, se anotan en esta edición variadas visiones acerca de lo ocurrido en estos días.

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